Oakland. La Bahía.
The City. Durante demasiados años
sinónimo de industrias en retirada, barrios depauperados y cultura de
bandas. Droga y marginación, una suerte de grano que siempre intentaba
taparse la perfecta San Francisco. Alguien dijo que en Oakland era mayor
el número de jóvenes de raza negra que morían tiroteados que el de los
que iban a la universidad. Pero ahora renace una ciudad que presume (
the sunny side:
el lado más soleado de la Bahía) de que apenas le alcanzan las
corrientes de frío que tantas veces destemplan a San Francisco, cuya
disparatada burbuja inmobiliaria está enviando a una nueva generación de
jóvenes al otro lado de Bay Bridge.
Y que presume, por encima de todo, de sus Warriors. Justo cuando la mudanza a San Francisco da lentos pero firmes pasos institucionales.
Porque
estos Warriors son uno de los mejores equipos de la historia.
Uno que vive en perpetuo estado de gracia y que está redefiniendo las
lógicas y las normas de la NBA. De esta era, la suya, quedará un equipo
del que hablaremos siempre y quedará una NBA nueva. Por estilo y por
referentes. Lo mejor que se puede decir de este equipo es que hay que
ver sus partidos. Siempre que se pueda, todas las noches. También cuando
quedan un puñado de minutos y todo está sentenciado: hasta el final.
Cada minuto cuenta porque este es uno de esos equipos que vivirán
siempre en los libros de historia, en las recopilaciones estadísticas y,
sobre todo, en un rincón intocable de nuestros recuerdos. El año
pasado, en el casi perfecto pasaje hacia su primer anillo en cuarenta
años, su lema fue
strenght in numbers: la fuerza de los números. Ahora, en este
año II,
su grandeza ha trascendido. Casi inefable, los números (monstruosos:
legendarios) sólo la explican en parte. Hay que verles jugar. Y
contagiarse. Verles jugar es, hoy por hoy, una experiencia feliz. Y no
sé si existe algo mejor que se pueda decir de un equipo. No debería.
16-0, 33 victorias, 72-10
Los Warriors han sellado, en un partido que fue (111-77) el trámite esperado,
el mejor inicio de la historia de cualquier equipo y cualquier temporada: 16-0,
detrás ya para siempre los quince triunfos sin fallo de los Rockets en
1993 y Washington Capitols en 1948. Diez de esos triunfos han sido ante
equipos que jugaron playoffs y doce contra rivales del Oeste. Ni un
pero, ni una nota a pie de página. Sumados los últimos cuatro partidos
de la última Regular Season, son veinte consecutivos desde el 7 de
abril.
En su cubil del Oracle no son derrotados desde que les ganó Chicago el 27 de enero:
26 victorias desde entonces. Y en total, su última derrota oficial se
remonta al tercer partido de la Final ante los Cavs, el 9 de junio. El
anillo no sació el hambre de los Warriors y conviene acordarse de los
que dijo Stephen Curry días después de coronarse campeón: “
Es una
sensación adictiva, ahora entiendo porque los grandes jugadores de la
historia han sacrificado tanto por volver a sentirla”. De los Warriors se pueden decir muchas cosas pero una por encima de todas: quieren más.
El segundo título consecutivo, el inicio de una dinastía, se barajará a partir de abril. Por ahora aparecen a la vista
otros dos récords casi intocables que dejarían en aperitivo este ya inolvidable 16-0.
Por un lado, las 33 victorias seguidas de los Lakers en la temporada
71-72. En la escalada tendrían que superar también las 27 de Miami Heat
hace tres temporadas, las 22 de los Rockets hace ocho… y las 18 seguidas
que enlazaron
los Bulls de la temporada 1995-96. Los del mítico 72-10. Los de Jordan, Pippen, Rodman y Phil Jackson.
La marca que creíamos inalcanzable y que habíamos convertido en los
últimos veinte años en una metáfora de la perfección, el baremo de todos
los buenos equipos que en todo caso
no iban a ser tan buenos.
Estos Warriors, pase lo que pase, son seguramente los que más nos han
hecho dudar desde entonces. Y echar cuentas. Y mirar el calendario. En
sus primeros 16 partidos
, aquellos Bulls estaban 14-2. Su
diferencia de puntos era de +132 por el +250 de los actuales Warriors.
Su media de anotación, 103,3 contra el 114,2 del actual campeón.
No hay mucho más que decir. Desde luego, este año sí, hay un debate
razonable. Veremos hasta cuándo: los Bulls llegaron a Fin de Año en
25-3. Y ahora los Warriors, otro dato increíble, son favoritos según la
probabilística casi científica de ESPN en los 66 partidos que les quedan
por jugar excepto en dos: sus dos visitas a San Antonio. La primera,
además, el 19 de marzo.
Los Lakers como juguete y como símbolo
Después de ganar a Clippers y Bulls y evitar sorpresas en el
habitualmente complicado paso por Denver, el partido del récord sonaba a
trámite: los depauperados Lakers (2-12 ya) en el Oracle. Lo fue porque
lo tenía que ser. No había forma de imaginar otro escenario ni
condimentándolo con toda la historia de milagros épicos y decepciones
imposibles de la historia del deporte. Los Warriors iban a ganar este
partido y los Lakers lo iban a perder y no iba ni a sobrevolar otro
escenario posible. Y así fue. Y desde luego
había algo simbólico en que precisamente los Lakers fueran zarandeados por estos Warriors en una noche así. Como un testigo entregado.
Sois hoy lo que nosotros fuimos ayer, enhorabuena.
El partido en sí duró, y visto con voluntarismo, unos cuatro minutos. A
partir de ahí un 8-7 se convirtió, visto y no visto, en un 25-7. Al
final del cuarto, 30-11 con diez asistencias (para once canastas
totales) de los Warriors por ninguna de los Lakers. Los locales llevaban
seis triples, los visitantes cinco canastas. Con Draymond Green como
absoluto maestro de ceremonias, la barrida incluía un tiro liberado en
cada ataque, un gritito colectivo de admiración desde la grada en cada
circulación de balón.
Los Lakers sólo se dieron una capa de maquillaje entre el segundo
cuarto y el arranque del tercero, con los Warriors en ritmo de
entrenamiento y Curry casi aburrido, con la mente en otra parte. De
repente, al base le apeteció jugar y un 58-44 se convirtió en un 97-59
ya en el inicio del último parcial y con la bandera blanca desplegada.
Tregua definitiva.
En ese tercer cuarto (35-17) Curry anotó 14 de sus 24 puntos y repartió 4 de sus 9 asistencias.
Apenas jugó 30 minutos. Como Green, que dio otro de sus ya habituales
recitales a menos de tres meses de jugar su primer All Star. 18 puntos, 7
rebotes, 5 asistencias. Vuelvo a Curry: ha igualado la segunda mejor
marca de partidos consecutivos anotando al menos un triple (los 89 de
Dana Barros). Al fondo, los 127 de Kyle Korver. Ha metido ya 78, récord
absoluto en los primeros 16 partidos de una temporada (lo tenía Baron
Davis desde 2003 con… 61). El ya destacadísimo aspirante a repetir MVP, y
sin tanto debate ni con Harden ni con nadie,
promedia 4,8 triples por noche. Por lo que está en ritmo de acercarse a los 400 en la temporada.
La pasada, recuerdo, dejó su propio récord en 286. Es sencillo: todo en
estos Warriors da vértigo, así que conviene verles jugar y no pensar
demasiado. Sólo verles. Y sonreir.
¿Y los Lakers? Este es día de hablar de los Warriors, no de su
telonero. Fueron, con Byron Scott ensayando sus inocuas poses de tipo
duro, lo mismo de toda la temporada sólo que esta vez ante un equipo
superior a todos los que les han ganado hasta ahora. Sin dureza ni
cohesión defensiva, sin continuidad ofensiva. Con, eso sí, buenas
sensaciones de Randle y un progresivo pero prometedor crecimiento de
Russell, que jugó, entre restos de naufragio, un buen primer tiempo.
Ellos son el futuro de la franquicia.
Kobe Bryant es ya pasado. Glorioso, inolvidable y eterno. Pero pasado.
Esta vez 1/14 en tiros con un 1/7 en triples para 4 puntos.
En una temporada en la que no apetece verle jugar, no así, y en la que
está tirando peor, por volumen y porcentajes, que cualquier jugador en
más de 60 años. Con él se está yendo,
se ha ido ya, una época. Y, siempre es así, ha empezado otra:
la de los Warriors de Stephen Curry, del primer 16-0 de la historia y de muchas más cosas maravillosas que están por venir. Seguro: hay que verles jugar. Cada noche.